Jorge González

Las implicaciones de la inteligencia artificial, una constelación de tecnologías en constante evolución que permite a las máquinas realizar tareas que antes únicamente podían efectuar las personas, son trascendentales. Algunas profesiones desaparecerán, y otras nunca volverán a ser como antes.

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El miedo a que la progresiva automatización del trabajo termine por hacer a los individuos superfluos provocando desigualdad y malestar, se remonta a algo más de dos siglos atrás cuando la adopción masiva de sistemas de producción mecánicos con tracción hidráulica y de vapor en múltiples industrias, dio paso a la primera revolución industrial.  Pensar que “el descubrimiento de este gran poder” ha llegado antes de que sepamos como emplearlo adecuadamente, es un miedo recurrentemente expresado por personalidades de mundos tan distintos como la filosofía y la tecnología.

Tras muchos despegues fallidos, la inteligencia artificial ha progresado espectacularmente durante los últimos años, gracias en gran parte a la versatilidad de una técnica denominada “deep learning” (aprendizaje profundo). Partiendo de un volumen de datos suficientemente grande como para poder extraer información valiosa, redes neuronales profundas basadas en el funcionamiento del pensamiento humano, son susceptibles de ser enseñadas a hacer todo tipo de cosas.

Desde el algoritmo que emplea Google para ordenar los resultados de su buscador, hasta el complejo (y todavía  imperfecto) sistema de conducción autónoma de Tesla, pasando por el motor de recomendaciones de Amazon y los asistentes virtuales de compañías como Apple y Microsoft, la inteligencia artificial es el motor de todos ellos.

Grosso modo, existen  dos puntos de vista: uno optimistas, divulgado por generalmente por economistas,  y otro pesimista, más común entre ingenieros y desarrolladores. Mientras Erik Brynjolfsson y Andrew McAfee, responsables del MIT Center for Digital Business y autores de “The Second Machine Age” (no hay traducción al español) consideran que los avances tecnológicos crearán mayor riqueza para todos (siempre y cuando decidamos en base a una escala de valores definida), Martin Ford, un empresario de Silicon Valley, autor de “El Auge de los Robots”, nos augura, en cambio, un futuro donde al empleo ni se le ve, ni se le espera, la movilidad social se ha estancado, y una nueva clase plutocrática vive a distanciada de los problemas de la ciudadanía en comunidades cerradas protegidas por drones y robots autónomos militares.

Personalmente creo que las visiones apocalípticas de un futuro asolado por el desempleo masivo y el dominio de las máquinas sobre el hombre, no son más que eso: visiones. Por espectaculares que sean los avances, la realidad evidencia que las capacidades de la inteligencia artificial, actualmente (y a medio plazo) se limitan a tareas muy específicas.

Muchas de las cosas que a las personas nos resultan sencillas y realizamos de manera natural en el mundo físico, son dificilísimas de replicar con éxito por los robots. El roboticista Hans Moravec lo enunció así: “Es comparativamente fácil lograr que las computadoras exhiban un nivel de rendimiento similar al de un adulto en pruebas de inteligencia, o jugando a las damas, y difícil, o imposible dotarlas de las habilidades perceptivas y motrices de un bebé de un año.” Desde entonces se conoce como paradoja de Moravec: emular el razonamiento humano requiere muy poca computación, pero emular las habilidades sensoriales y motrices no conscientes que compartimos con otros animales, precisa un esfuerzo computacional mucho mayor.

La posibilidad de que una máquina supere la inteligencia de sus creadores es algo remoto y nebuloso. Como sostiene el investigador Andrew Ng, preocuparse sobre eso es como preocuparse por un exceso de población en Marte, antes de que el hombre haya puesto siquiera sus pies allí. El aspecto más preocupante es el impacto que tendrá la inteligencia artificial en el mercado de trabajo y en el estilo de vida de las personas.

Si nos guiamos por la historia, podemos considerar a la tecnología como un factor neto de creación de nuevos empleos, puesto que –hasta ahora- cada ola de automatización ha llevado aparejada un incremento en la demanda de mano de obra con nuevas cualificaciones para desarrollar las tareas derivadas de las nuevas tecnologías. De la misma manera que la introducción del ordenador en la oficina, no supuso una merma de puestos de trabajo, sino que funcionó como acicate para que los trabajadores adquirieran nuevas destrezas, la inteligencia artificial no eliminará empleos de manera masiva, sino que exigirá que los trabajadores actualicemos nuestras habilidades de manera constante.

Aunque existen estudios catastrofistas que gozan de gran difusión, como el  de Carl Benedikt Frey y Michael Osborne de la universidad de Oxford, que tras analizar 702 profesiones, concluyeron que en Estados Unidos el 47% de los puestos de trabajo corren el peligro de ser potencialmente automatizados en el transcurso de las próximas dos décadas, otros estudios menos alarmistas, estiman que la cifra real rondará el 10%.

Jardineros, entrenadores personales y cocinares tienen mucho menos de lo que preocuparse que consultores, abogados y analistas.  El determinante de vulnerabilidad a la automatización de un puesto de trabajo no es la alta cualificación del empleado, sino lo rutinario de la tarea por la que se les contrata y paga.

A pesar de que -previsiblemente- la creación de nuevos puestos de trabajo a largo plazo compensará la merma de estos en el corto plazo, lo sucedido en el siglo XIX sirve para hacernos una idea de que la transición será dura. El crecimiento económico se reactivó tras siglos de estancamiento, pero se necesitaron varias décadas para que se reflejara en una mejorar sustancial de las condiciones de vida de las personas. El éxodo rural, del campo a la ciudad, provocó grandes conflictos en Europa, que los gobiernos tardaron cerca de un siglo en resolver con nuevos sistemas educativos y de bienestar.

En nuestra era, es de esperar que la transición sea sensiblemente más rápida, debido a la mayor velocidad de difusión de las innovaciones. La creciente desigualdad económica, en parte consecuencia de la desproporcionada ventaja que otorga la tecnología a una minoría de trabajadores altamente cualificados para complementar su trabajo, representa un doble desafío para políticos y empresarios:

 

  • Cómo ayudar a los empleados de hoy a adquirir las destrezas necesarias para desenvolverse con soltura en un entorno cada vez más digitalizado.
  • Cómo entrenar a las generaciones futuras para que puedan trabajar en un nuevo contexto, en el cual, y de manera inequívoca, la inteligencia artificial será inseparable de su vida. Tanto laboral, como privada.

 

A medida que la tecnología avanza, que los trabajadores aprendamos nuevas habilidades para poder seguir realizando nuestras funciones, se convierte en una exigencia ineludible. Esto significa que la formación debe flexibilizarse para que los trabajadores podamos aprender nuevas habilidades de manera rápida y eficiente.

El modelo educativo universitario clásico de pasar años estudiando una carrera antes de incorporarse al mercado laboral, irá dando paso a una formación continua que recaerá tanto en el empleado, como en el empleador.  Ni que decir tiene que los moocs, a pesar de su todavía baja tasa de finalización (únicamente entorno al 10% de quienes se inscriben los completan), serán imprescindibles para todos aquellos que quieran progresar en su carrera profesional sin dejarse un ojo de la cara en formación, ni tener que poner su tiempo a disposición de una agenda ajena.

Las habilidades sociales, no sólo mantendrán su relevancia, sino que la ampliarán. Con trabajos cada vez más inestables, tecnologías en constante cambio y una vida laboral prolongada, aquellos que mejor dominen el arte de tratar con personas, se mantendrán un paso por delante de las máquinas, que no se prevé que alcancen unos niveles de empatía similares a los de OS1/Samantha (el sistema operativo al que da voz Scarlett Johansson en Her), en las próximas décadas.

Los sistemas de bienestar social se verán forzados a actualizarse para facilitar la transición entre puestos de trabajo y sufragar a los trabajadores mientras adquieren nuevas habilidades. El modelo de flexiguridad danés, basado en tres pilares: mercado de trabajo flexible, alta protección por desempleo y políticas activas de formación, está dando muy buenos resultados, pero requiere un gasto en protección social que duplica el español.

Los que me leéis habitualmente echaréis de menos alguna mención a las implicaciones de la inteligencia artificial en la experiencia de cliente. Desde un punto de vista estrictamente como usuario (más adelante le dedicaré un post completo al tema contrastando visión de marca y visión de cliente), y a tenor de los nuevos avances en automatización de servicio al cliente, gestión de carteras de inversión, asistentes personales y secretarias virtuales, vislumbro un futuro donde la posibilidad de tratar directamente con una persona  se reducirá progresivamente a los mejores clientes. Ya os contaré porqué en siguientes posts…

Jorge González

Creador de THINK&SELL. Consultoría estratégica, creativa y de innovación orientada a la generación de oportunidades que multipliquen el valor de la marca y el ROI a través de una mejor Experiencia de Cliente.